Antonio Rivera, “el hombre fuerte” de la Consejería de Cultura

Antonio Rivera, “el hombre fuerte” de la Consejería de Cultura

 

Así lo califican, y así parece que lo sea, puesto que es el que lleva la voz cantante en los asuntos fuertes de la Consejería. La Consejera llega un paso por detrás y repite lo que dice aquél. Pero no cabe decir que sean muy afortunados sus comentarios. Según manifiesta, los americanos y nosotros “tenemos intereses contradictorios”. ¡De qué vamos a tener intereses contradictorios! Todo lo contrario. Respecto a nuestro museo, que es el que nos interesa, la Fundación Guggenheim y nosotros siempre hemos tenido el mismo y único interés, que no es otro que el del éxito del Museo G-B, logrado, por cierto, ubérrimamente. Nuestro triunfo es el suyo, y viceversa. Igual si se hubiera fracasado. Y todo ello sigue en pie.

 

El Viceconsejero de Cultura lo reconoce, pero lo hace con la boca pequeña, justo, además, cuando le preguntan si peligra la renovación del convenio con los americanos: “A día de hoy no. Estamos encantados con la experiencia Guggenheim Bilbao, pero hay otros aspectos que tienen que ser revisados y analizados para saber si lo que hemos hecho está bien.” (El Correo, 17/07).  ¡Qué actitud más rácana y, sobre todo, equivocada! Un éxito rotundo, grandioso, universal, -“cósmico” lo/nos retrataría mejor, pero prefiero contenerme, para que no digan- logrado para todo el País Vasco, gracias, precisamente, al Museo de Nueva York, a su nombre, a su inmensa capacidad de imagen y de difusión, a todo lo que ha aportado en fondos, en exposiciones cuyo eco ha alcanzado hasta el último rincón. Para nosotros solos, hubiera sido una quimera, ni  imaginarlo hubiéramos podido por muy bilbainos que seamos, y todo un Viceconsejero de Cultura poniendo, por adelantado, peros a la renovación del convenio. ¡Estamos chalaus o qué! El G.B. ha nacido para siglos -no es un farol- y está dando los primeros pasos. Sería un desatino que empezáramos ahora con pejigueras. No vayamos a matar el avestruz de los huevos de oro.

 

Y no vale salirse con la sinsorgada de que a Vidarte, “Como responsable de su expansión internacional, de la Solomon, le encantaría llenar el mundo de ‘guggenheims’: en Urdaibai, Tolosa, Elciego… Y el interés de la fundación de Bilbao, de la que él es director gerente, es mantener la exclusividad de la marca en Europa.”(Ibid.). Vidarte es la primera y más inmediata garantía de que se cumplirá el acuerdo de exclusividad del Museo G.B. en Europa, y también el primer interesado en que se cumpla . Y la hipotética ampliación del Urdaibai no es un nuevo Guggenheim, sino una mera ampliación del de Bilbao, un espacio, del que, por cierto, se encuentra muy necesitado, y que tenemos la suerte de poder ubicarlo rentablemente en sus proximidades. Si no se quiere hacer, pues no se hace, pero se trata del mismo G.B. No confundamos.

 

 Por lo demás, no debiera olvidarse que el nombramiento de director del G.B. depende en última instancia de la fundación neoyorquina, es decir, que Vidarte no sirve a dos señores, y que cualquiera consideraría que es una gran suerte que quien dirige, aquí y desde aquí, tan magníficamente nuestro museo esté así de bien considerado y tenga tanto peso en la Fundación neoyorquina. Esto no debiera ser difícil de verlo, salvo que nos carguemos de prejuicios y de habladurías de gente interesada que se arrima a calentar la cabeza a los que están en  puestos de decisión. 

 

En fin, D. Antonio Rivera reconoce la magnífica gestión del Sr. Vidarte, pero retoma el affaire Ceársolo y el cambio de divisas y concluye apodícticamente: “Sólo con eso tenía que haber dimitido.” (Ibid.). No creo que haya olvidado que fue él quien presidió la Comisión Parlamentaria que llevó a cabo aquella tan larga –de mayo a navidad- y premiosa investigación. Pero terminó. Quedó debidamente cerrada. Lo procedente, lo lógico, lo digno, sería que quien lo presidió guardara un discreto silencio. Lo contrario suena a “Esta es la mía”.  

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Antonio Rivera

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